Autor: Jorge Hernández Madrid (@jorgehernandezmadrid_)
Es mentira que una persona nunca cambia o puede cambiar de equipo de fútbol. Porque tan cierto es que existe el amor como que también uno puede alejarse de él recorriendo el camino del desenamoramiento. Uno siempre, por costumbre, seguirá diciendo, cuando alguien le pregunta, que es de tal o cual equipo de fútbol por aquello que vivió o por tal familiar que se lo inculcó. Pero la realidad tozuda es que muchos de esos que reconocen por rutina ser aficionados de un equipo hace tiempo que dejaron de sentirlo.
El sentimiento de pertenencia tiene límites. Alguien locamente enamorado del Levante nunca dejará de ser granota porque el equipo pierda partidos o descienda de división. Sería ilógico, porque nunca fue un sello de la identidad del club y, por lo tanto, el motivo del enamoramiento de nadie. Un ghanés que llegó al país siendo un niño nos confesó el otro día, en Gol Orriols, que se hizo del Levante porque siempre le pareció el equipo del pueblo. Porque se identificó con su humildad y con su lucha por estar en la élite del fútbol español, pese a la falta de recursos que siempre le han acompañado. Bromeaba con que el fichaje más caro de ese mercado veraniego había costado una miseria, comparada con las grandes montañas de dinero que había movilizado el equipo rival de aquel día para firmar a su estrella.
Hay gente que se baja del tren vecino para ayudarnos a empujar, en Orriols, ese Ford Fiesta que tiene problemas para arrancar. Y no solo ahora, cuando el coche averiado compite contra Ferraris y el tren de Mestalla va perdiendo piezas por el camino, sino también hace veinte años, cuando los murciélagos se creían cisnes (aunque siempre acababan boca abajo). Porque a Orriols uno no viene buscando títulos, sino tratando de encontrar su lugar en un pequeño imperio con una esencia muy grande.
El otro día, perdiendo el tiempo que a veces me sobra, deslizaba por X y me detenía ante uno de esos vídeos de las gradas levantinistas que tanto me gustan. En él, desde Levante Fans y megáfono en mano, al final del Levante - Real Sociedad, alguien les recordaba a los futbolistas dónde estaban los límites del sentimiento de pertenencia de cualquier granota: “Nos da igual que perdáis o que bajéis de división. Hemos estado con vosotros en Segunda y en Segunda B. Solo os pedimos que os dejéis los huevos en el campo”.
Cuando alguien disfruta, o sufre, un enamoramiento por alguien o por algo, tiende a idealizarlo, creando en su mente un ideal que el tiempo se encarga de moldear o de destrozar con bofetadas empíricas. Uno se engancha al Levante porque es nuestro, porque alzamos la voz y nos escucha. Porque tocamos a la puerta y nos abre, porque llegamos a la butaca y conocemos a todos, porque nos identificamos con eso de pelear contra la adversidad. El café dejará de producir adicción el día que deje de generar ese bienestar ligado al aumento de energía y concentración.
El Levante dejará de congregar a miles de fans cuando deje de ser un club 'patidor' pero combativo, pequeño pero valiente. A Segunda nos iremos todos, como aquel capitán de navegación que espera a que salga el último para abandonar el barco, pero nunca llega a hacerlo y acaba ahogándose en las profundidades del mar. Pero, o muere matando o dejará de ser el Levante; y llegarán las decepciones, los enfados y la ruptura con la afición. Y será entonces cuando, como dijo Joaquín Sabina, regresará la maldición del cajón sin su ropa.

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