domingo, 31 de julio de 2016

La granotización de Albert

Sonaba el despertador. A palpas lograba situar la mesita de noche, buscando el botón para apagar la irritante alarma. Me frotaba los ojos y me ponía las gafas. Eran las 8:30 horas de la mañana. No muy tarde, pero sí bastante temprano para la rutina de las últimas semanas. Oficialmente, por fin, empezaban mis deseadas vacaciones. Y lo iba a hacer de la mejor manera, con un viaje junto a mis amigos Natalia y Rubén.

Después de un reforzante desayuno, tocaba preparar las maletas. Elegimos Roma, una ciudad que todavía no habíamos pisado. Ordenador portátil, cargadores electrónicos, un buen libro para evadir la mente, ropa de verano,... Pero una cosa no podía faltar: mi camiseta del Levante.

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Hacía pocos meses había cumplido los veinte años. Me gustaban los deportes y especialmente el fútbol. Nunca fui de un equipo en particular; ninguno terminaba de satisfacerme internamente. Pero aprovechando las vacaciones de Navidad, acompañando a mi tío que pudo conseguir unas entradas, nos acercamos en tranvía al Ciutat de Valencia. 

La verdad que nunca había acudido a dicho estadio a ver un partido. En su entorno y ambiente ya se respiraba algo de especial nada más bajar. Mi propio tío, un fiel seguidor levantinista durante muchos años, me contaba que hasta hace no mucho tan solo se llegaba por caminos de huerta, normalmente embarrados. 

Aquel día el Levante perdió. Duda daba la victoria al Málaga.
-"Otro día más igual. O cambiamos o nos vamos a Segunda" refunfuñaba mi tío.
-"Verás que no. Ha sido tan solo mala suerte. El Levante se va a salvar" intentaba satisfacerle.

Y la verdad es que lo pensaba. Como decía, no había visto apenas a este equipo por televisión, pero ahí, en primera persona, unas mariposillas revoloteaban por mi estómago y me despertaron cierta simpatía y entusiasmo. Lo que no sabía es que había comenzado mi granotización. 

Unas semanas después volvía repetir mi visita al barrio de Orriols. Y así, como si de una obligación se tratase, a excepción de un par de jornadas que me resultó imposible acudir, me infiltré y me acogieron repetidamente como si llevase toda una vida con ellos.

Durante ese tiempo fue cuando precisamente conocí a Natalia y Rubén. Más concretamente en el derbi contra el Valencia. Fueron mis vecinos de asiento. Aquella mañana se respiraba más motivación, unas ganas de demostrar dignidad y orgullo contra una entidad que ostentaba un mayor poder en la ciudad. Y fue en aquel momento, después de escuchar de refilón los continuos debates de estas personas de las que aún desconocía su nombre, cuando Rossi marcó gol y con motivo de la euforia nos enfundamos en mitad de un efusivo abrazo. Entre cántico y cántico, me uní a su conversación y supe que eran del Cabanyal y era su primer año como abonados. Desde aquel instante entablamos una bonita e intensa amistad, siendo inseparables en nuestros ratos libres.

Fueron ellos quienes tan de repente me preguntaron un día:
-"Albert, el Levante organiza viaje a Granada. ¿Te animas y vienes con nosotros?".
Eran muchas horas de viaje, venía de una semana cansada, pero el equipo se jugaba mucho de esa permanencia que meses atrás le había dicho a mi tío que se conseguiría. Apenas lo dudé y les respondí afirmativamente. Había vivido ya algunos partidos junto a ellos, pero iba a ser mi primer desplazamiento fuera de mi ciudad a ver un partido de fútbol. Y no, no estaba loco. ¡¿Quién me lo iba a decir?! 

Decepción. Tristeza. Enfado. Entrada ya la noche en la ciudad nazarí, ese cúmulo de sensaciones se juntaban en plena grada. El Levante había perdido por cinco a uno. Rubén intentaba consolar a una Natalia bañada en un mar de lágrimas. Yo permanecía helado, sin saber como actuar. Me costaba entenderlo. "Si fuera solo fútbol... Pero estos (jugadores) no saben lo que significa ser del Levante" escuchaba decir a un anciano en mitad de tanto alboroto. 

Durante el regreso a Valencia, poca actividad hubo, pero me dio tiempo a reflexionar mucho en esa frase y en todas esas imágenes y otras vistas de mi corta experiencia como nuevo levantinista, si ya pudiera etiquetarme así. Como predecía mi tío, hubo descenso. Además contra el Málaga, el que había sido mi primer partido. Los próximos meses deberían servir para devolver las aguas a su cauce. Dejando todo pasar.

Y ahí estaba yo. En el aeropuerto, con mi equipaje, tras este inciso de mis primeras aventuras y memorias con el Levante y viendo llegar por la puerta de entrada a Natalia y Rubén. Nos esperaba un avión para disfrutar de unos días en la hermosa ciudad italiana. Al segundo día en Roma decidí ponerme mi camiseta azulgrana de Macron, recientemente adquirida al igual que mi primer carnet de abonado. Nos plantamos en la Fontana de Trevi. Seguí la tradición. Cogí una moneda y la tiré de espaldas al agua, pidiendo un deseo. Este no se puede decir, pero lo podéis imaginar.



*Nota de autor: Albert y el resto de nombres citados son personajes ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Dicho artículo da inicio a 'El diario de Albert'. Será una nueva sección de la web en la que al menos un par de veces al mes, en forma de relato, os traeremos una tirada/columna en que estén representadas motivaciones, inquietudes o cualquier otro tipo de argumento en que la afición levantinista pueda sentirse identificada en algún momento.