domingo, 17 de enero de 2016

No me dejes a medias una vez más...

A mi Levante UD:

Ya van unas cuantas semanas que vengo diciéndotelo, querido. Me duele en lo más profundo de mi corazón que pongas el caramelo en mis labios y lo quites cuando más lo estoy disfrutando, igual que me parte el alma en pedazos observar todo aquello que eres capaz de ofrecerme cuando te someto a mi más intensa presión. La de una persona insegura y nerviosa, invadida por sentimientos contrariados que se entremezclan y forman un cocktail explosivo cuyo resultado no suele ser del gusto de ninguno de los dos. Porque tengo la sensación de que pese a intentar abrazarte cada noche, siempre encuentras un argumento para escapar de mis abrazos y así me quedo, mirando al techo sin poder conciliar el sueño.

-Fotografía: Simao pugna con Aspas/ Salvador Sas-
Ayer te pusiste guapo, con tus mejores galas. El escenario era el idóneo: clima de intimidad, ese frío que ambos sabemos suele conducirnos a un cercano abrazo (y más allá) y una mesa para dos en la que el vino, por cierto, no estaba nada mal. Nuestra última cita, la del pasado sábado, fue excitante, como las que acostumbrábamos a vivir años atrás semana tras semana. 

La cosa empezó bien, hablando sin cesar y sintiendo esa compenetración que desmenuzó en pedazos esos bloques de hielo otrora irrompibles. Hoy parecía diferente, ¿verdad?. Sin embargo, pronto empezaste a marcar tus ya, por desgracia, clásicos límites conmigo. Te sentí lejos, desaparecido, áspero, remoto y apartado, como viviendo una historia paralela en la que mi presencia sostenía un papel intrascendente. Y así, llegamos al final del primer plato con la percepción de que no nos terminaríamos siquiera el postre. Miraba y miraba a la puerta pensando en ejecutar con sutileza una de mis clásicas maniobras de escapismo.

No te soportaba más y, con la llegada de la carrillada, poco cambió el guion. Me aferré a la botella de vino y traté de dejarme llevar, pensando ya en cómo marchar de allí. Y así, repente y como si nada, todo cambió. Sigo pensando que todo tuvo su origen en esa mirada con la que me buscaste y en la que únicamente fuiste capaz de encontrar decepción, desolación y tristeza. Estaba perdido y viniste a mi rescate. Lo intentaste de todas las formas y maneras posibles y, siéndote sincero, conseguiste que volviera a sonreír y a creer en ti.

Porque, quiera o no, jamás podré dejar de hacerlo, ¿sabes? Cuando todo parecía abocado a un final inolvidable, a un clímax salvaje, el dulce helado de vainilla (tu sabor favorito, por cierto) del postre que nos disponíamos a compartir se fundió y deshizo entre los sueños de dos almas entregadas. Continuaremos una semana más ahí bajo, en los lodos de una relación que quizá podamos convertir algún día nuevamente en todo lo que fue.

Te ofreciste a pagar la cuenta, muy caballero tú, pero preferí que lo hiciéramos a medias, ¿Recuerdas? Sí, a medias, de la misma manera que me marché a casa tras dejarte ir una noche más. Tanto y tan poco. Blanco y negro. Azul y grana. 

Mi corazón.