sábado, 13 de junio de 2015

Un sueño de cinco años del que no despertar

Foto: Las Provincias
Parecía algo imposible. Muy pocos pensaban que a día de hoy, en el año 2015, el Levante Unión Deportiva iba a gozar de una gran salud y estabilidad deportiva. Tan solo ocho años después de estar en la unidad de cuidados defensivos tras bajar de nuevo a los infiernos de segunda división y tambaleándose la propia existencia de su centenaria historia.


 Precisamente, aquella temporada del ascenso marcaría un antes y un después gracias a un equipo humano y futbolístico inigualable y una afición que se volcó por el escudo de sus amores. La noche del 12 de junio, muchos levantinistas no pudieron dormir. No podían borrar de su cabeza la gran posibilidad que existía al día siguiente de ascender. Para ello, el Levante debía ganar a un descendido Castellón en el Ciutat de Valencia y que el Betis no se impusiera al Salamanca, con tal de no jugárselo todo a una carta en la última jornada en el estadio verdiblanco.

Tres horas antes del inicio de aquel partido, el barrio de Orriols estaba ya inundado de camisetas levantinistas. Sus aficionados se congregaban para intercambiar sus sensaciones e ilusiones previas de aquella histórica cita. El Levante llegaría alrededor de las cuatro y media de la tarde, siendo recibidos con gran cariño y entusiasmo por centenares de personas.

El balón echaría a rodas hora y media después sin nada que perder y mucho que ganar. Bien pronto, Juanlu abría la lata y poco después Xisco Muñoz desenfundaba un gran cañonazo que hizo quitar las telerañas de la portería. En diez minutos, dos a cero favorable para el Levante y con su hinchada desatada. Más no se podía pedir. Antes del descanso, el killer Javi Guerra daba por sentenciado un partido que Tabares maquillaría para el resultado de tres a uno final para los valencianos.

Segundos antes del pitido final y con todo el mundo pendiente de las radios, se confirmaba el tropiezo de un Betis que no pudo pasar del empate. El verde del césped del Ciutat de Valencia se teñía ahora de azulgrana por la invasión de la gente; muchos de ellos en lágrimas, otros entonando cánticos.


Foto: Alberto Iranzo
Las imágenes se sucedían para el recuerdo: la emoción de Iborra, Ballesteros siendo manteado, Rubén Suárez y Héctor Rodas encima de los banquillos, Juanfran haciendo bajar a Quico Catalán y la posterior botella de champagne,... Es imposible enumerar una mínima parte de ellas. Uno por uno los principales protagonistas, los futbolistas que devolvieron al Levante a lo más alto, salían desde vestuarios al centro del campo a través de un pasillo humano.

La celebración se trasladaba más tarde a la fuente Cuatro Estaciones, y ésta seguiría en la jornada posterior con la visita a las autoridades, la Basílica, Ayuntamiento,... Los sueños si se desean con fuerza o se lucha por ellos se pueden convertir en realidad. Desde entonces, el Levante vive un sueño de cinco años del que no quiere despertar nunca.


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